PLAZA DEL MERCADO
Fiesta de la barriada de la plaza o mercado. Almendralejo
El primer recuerdo de este lugar, es de una verbena, no sé
porque fuera sí que fui con mis padres.
Aun estaban en pie, los quioscos de la explanada, (o
aguaduchos) como popularmente eran llamados.
La visión de los recuerdos, es una película de
improvisaciones, donde surgen escenas olvidadas, en quietud, paralizadas en el
tiempo, espacio, donde surge la imagen sonriente de mi padre, con un paquete de
algo blanco que el vendedor le había dicho que eran (palomitas de maíz)
Que cosa más rara, contesto, mi madre nunca había conocido
tal golosina, cuando la probé mi gusto infantil, no le llamo al paladar y con
el cartucho de papel traslucido, donde parecía que las palomitas revolotearan
buscando la salida, para emprender vuelo, agradecí que mi padre viendo que no
eran comidas, me la arrebatara de las manos, con gracia y se pusiera el envoltorio,
en la boca donde empezaron a volar las palomitas a su boca mientras reía a
carcajadas y me miraba.
Nos acercamos al Aguaducho, regentado por uno de sus amigos,
que le había dicho que traía como novedad un líquido con color chocolate
llamado Pepicola.
El mostrador era circular llena de bullicio, lo que más se bebía,
vino y aguardiente.
Sonrisa, alegría, todos queriendo ser atendido, la bebida era,
gaseosa, casi todos pedían un refresco de Orange (de naranja), para las mujeres,
bebida, efervescente, marrón, el amigo que nos llama la atención con ánimo, de
que probaremos, que nadie por desconocimiento pedían.
En la barra de
cemento, coloco tres vasos de cristal, llena de Pepsicola, en esto en mis
recuerdos veo llegar a mi tía Amalia con su trole y marido, tan dicharachera,
alegre y sabedora del mundo.
Y poner vasos para todos, hay que tener en cuenta que en
estos años el frio para las bebidas, no existía y la nieve, aunque la fábrica
de hielo de Cueva, suministraba, a los industriales de Almendralejo y todo el que precisare.
Al tabernero de aquel
quiosco, se le debió olvidar el pedido y allí todo era servido del tiempo de un
mes de julio de la época.
Cuando probé aquel líquido marrón, calduo y caliente, con un
sabor que mi paladar no estaba hecho, dije que no le gustaba.
El rechace, siendo observada,
con mi corta edad, viendo mi tía, el momento que pasaba, me tomo el vaso, se lo
llevo, a la boca y como entro salió, diciendo que aquello estaba malo.
El marido hombre
sabedor de sabor, dijo. ( Esto es sencillamente Zarza Parrilla de toda la
vida).
Se escucharon carcajadas divertidas y una voz, que dijo,
pero como no conocéis esta bebida americana (Pesicola).
Con gracejo alguien de nuestra reunión contesto, fría a lo
mejor, pero esto es un caldo que aun necesita elaboración.
De aquella noche recuerdo la música de uno de los grupos del
pueblo y aun músico que saludo mi padre, cuando mi madre le pregunto quién era,
el contesto (El Mene).
Feliz el churrero, su jeringaría, la tenía abierta, juntos
nos encaminamos a ella , había que esperar cola, nos sentamos en los poyetes
del cerramiento, que antaño la rodeaba mientras los mayores iban a comprar la “Jeringa”.
Mientras no parábamos de reír, jugar nos daban una perra
gorda y compramos algodón de azúcar, con un sabor tan raro, que fuimos a decirlo
que nos habían dado algo que estaba malo, contestación—Es un pan mascado, toma
otra perra y comprar turrón.
El turronero cuando fuimos, empeñándonos, para llegar al
puesto, con ojos golosos, primero pidió el dinero de cada uno, conto las perras
gordas que daban para un trozo, que dio al mayor, de los primos, mientras los
otros llorábamos desconsolados.
Fuimos en busca de los mayores, pero cuando vimos que salían
con la jeringa, pasadas las porras crujientes por un junto, corrimos a su
encuentro, saboreando tan rico manjar,
Los recuerdos, son telones a medio abrir, los tramoyistas
somos notros solo tenemos que alzarlo.
Isabel Coronado Zamora

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