Mi pequeña historia de Almendralejo

miércoles, junio 24, 2026

 Siesta 



Respeto a si se decia, democracia, peinador de discusiones.

La siesta aquellas de calo, acostados en cochon de lana.

Cuando llegaba el verano la lana se sacaba del colchón, se lavaba, mechón por uno, se puede iba abriendo al sol y se dejaba un día entero antes de volver a entrar en la funda.

Todo mullido, el colchón, desaparecido el olor a borrego de un año, blanquear paredes y pintar zócalos y telarañas que se apoderaban le los techos de cañizo, por donde se colaba la tierra que se ponía de plataforma debajo, de las tejas 

Muebles eran tan pocos, el catre o cama, el arca si eras más pudiente armarios, enredado y desvencijado, una silla de asiento de juncia, espárrago (perchero) y poca cosa más.

Que veranos tan sofocantes, el agua en el barrio de barro de Salvatierra.

La cantadera, en la zona oscura y fresca de la cocina con los cántaros del agua, del seño Fabián, porque estuvo esquina calle Tercio y Divino Morales.

Agua de gran calidad y muy apreciada por la vecindad.

La siesta, se paraba todo, se madrugaba y a medio día el reloj marcaba la siesta.

Comer aquellas sopas de tomate, que ricas, acompañada con uva y melón.

O picadillo o cojondongo y gazpacho, bien majado y aderezado, con pepino del huerto y melón.

Eso sí había que dormir la siesta, si o si, la casa era un silencio, ni la respiración se escuchaba,.

Por la cuenta que había, pues la zapatilla era ágil en las manos de las madres.

Los chiquillos no querían dormir, el calor sofocantes, ese que te hace buscar el suelo buscando frescura.

La siesta, donde ni los perros sin amo andaban por las calles.

Todo era quietud en el pueblo y si no dormías la zapatilla andaban listas en las nalgas y donde aterrizarán.

Era un calor sofocantes de los que se quedaban pegados el sudor, pues no había duchas ni cuartos de baño, lavarte por partes 

La siesta con el sabor en la boca del gazpacho y el llanto resultados del aterrizaje de la zapatilla en las nalgas.

Años recordados por la dificultad sea conocidas pero sin nostalgia.

Isabel Coronado Zamora 

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