Mi pequeña historia de Almendralejo

miércoles, diciembre 03, 2008

NOCHE DE INVIERNO


NOCHES DE INVIERNOS





Cuabdo llegaba la noche todos en el interior de las casas, que aunque ofrecían pocas comodidades, para sus moradores eran lo mejor del mundo, aquel calo cito del brasero de picón de sarmiento, todos alrededor de la mesa camilla arropados con el traje raído y encenizado.

 Pegados unos con otros sin más distracción que mirarse unos otros. O contar cuentos y lellendas pasadas de padres a hijos

Cuanto más miedo llevara la historia mejor, y como la luz que daba la bombilla era poca y quedaban ángulos oscuros en la estancía, no había que esforzarse mucho para que los presentes, sobre todos los niños dejaran entrar en sus mentes el miedo, cada cual tomaba de él lo que quisiera. 

Contaba el abuelo que cuando niño su abuela le había narrado lo sanguinaria que fue la batalla de la Albuhera y como gentes de Almendralejo había ido a luchar a ella requeridadas por el marque de Monsalud y otros militares del pueblo. su abuelo era un labriego con pocos haberes y una prole de hijos que le hicieron abandonar para ir a esta batalla. 

Suplico que no lo hiciera pues su pobre familia quedaba desamparada, todo fue en vano, y en unos días el pelotón de hombres, mandados por superiores, se a grupa ron en la plaza delante de la iglesia. Algunos mientras esperaban, fueron hacia el cementerio, que estaba detrás de la iglesia, para rezar en las tumbas de sus seres queridos, que dormían el sueño eterno.

 Cuando todos estaban dispuestos, con más haber que un zurrón con apenas un trozo de pan con queso y una orca o hacha en el hombro por arma, en fila de dos se encaminaron andando a la Albuhera, a ocho leguas a campo través. 

Al ir saliendo del pueblo por la calle que iba hacia el camino Arnina, miraban a la familia, de la que se había despedido con abrazos y llantos. 

Por más que pidieron, no ir, fue inútil y con resinación, miraban hacia tra, dandose cuenta, lo falto de protección que quedaba el pueblo, sin apenas hombres y poca guarnición

Algunos iban contentos, ignorantes, hacia lo desconocido y con deseos de aventura. Las personas del pueblo se refugiaron pronto aquel día en sus casas, la noche no tardo en llegar y aunque era mayo, el frió se hacia sentir y la lluvia se sentía en los tejados. 

Aquella noche fue terrible, pues unos soldados franceses, sabedores de que el pueblo se quedaba sin apenas protección, se presentaron en el lugar, donde entraron a galope con sus caballos, que relinchaban y sus cascos castañaban sobre la tierra y piedra de la calzada. 

Uno de ellos hizo que su caballo, con las patas empujara una puerta de una casa, abriéndola, montado sobre el animal con la espada en la mano, se introdujo en la casa, sus ocupantes se había refugiado en la cuadra, ullendo de aquellos vestías, que robaban los pocos en seres que aquella pobres personas poseían.

  Después de realizar toda clase desde manes, se dispusieron a buscar diversión y entraron en una casa, que había una madre con varias hijas, que las hicieron bailar, y ellos se sentaron alrededor de la lumbre, mientras devoraban lo que en contraban en las alacenas

Tanto miedo sentenia, que atodo cedían por salvar sus vidas . La madre saco un buen vino y sirvió con abundancia y les dijo a las hijas vailar, no dejéis y hacerles beber. 

Cuando estos estaban borrachos, sentados alrededor de la candela que había sido avivada con demasía.

Los oprimidos, con palos los empujaron ala lumbre, donde perecieron. Sus cuerpos carbonizados fueron arrojados a un pozo que fue cegado.

Historias que tanto gustaba escuchar a la gente menuda , se narraban oyendo caer el agua de las canales en los recipientes, para coger el agua de lluvia..

 O sintiendo en las espaldas , el frio entrando por rendijas de puertas mal cerradas que dejaban pasar ruidos estraños del esterior , provocado por el viento al chocar con ramas y puerta de la cuadra que despertaba al burrico que dormia sobre la paja.

El miedo deica mi padre que es libre y cada cual siente lo que sus ser percive.



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lunes, diciembre 01, 2008

CUENTOS DE INVIERNO



                CUENTOS DE INVIERNO.



Era se una vez una casa como muchas de las que hoy vemos convertidas en solares y antaño hogares de familias que marcaban la casta y procedencias de sus moradores.
Eran casonas con enormes cocina de rincones en penumbras donde, de vez en cuando por sus esquinas, se oia el suave roce de un ratoncillo, que enseguida era atrapado por el gato pardo, hijo de la gata que bostezaba tendida al borde del brasero, debajo de una desvencijada camilla cubierta de un raído traje. Al fondo la candela en el suelo, debajo de una chimenea, por la que se filtraba la lluvia, para evitar que entrara se ponía encima de ella una tabla, que era corrida con ayuda de una caña larga y así no entraba el agua pero no dejaba pasar el humo y la estancia se llenaba de él y los ojos empezaban a llorar, siendo necesario abrir la puerta del patio, para que el humo saliera, provocando que el frió se colara y se clavara en las espaldas, de los sentados alrededor de la lumbre, sintiendo la lluvia en el tejado, señal de que al día siguiente no habría jornal.
Cuando había buenos tiempos, en el corral de las casa en cochineras, se criaban cerdos que eran comprados recién nacidos y los niños los consideraban parte de la familia, hasta que una mañana un hombre llamado “Matachín” llegaba y ordenaba poner al cerdito encima de la banca, traída la noche antes de la casa de la abuela, trasportada encima del lomo del burro.
Muy de mañana sacaban de la zahúrda a rastras a los pobres cochinos, que se negaban a subir encima de la banca, cuando lograron encaramarlos a la mesa, cuya tapa era medio tronco de encina, las patas estaban hechas con gruesas ramas. Los cerditos encima de aquel patíbulo, comenzaban a chillar mientras los sujetaban y degollaban.
Los niños al volver de la escuela veían que el cerdo amigo se había convertido en colgaduras de chorizos, morcillas que pendían del techo, chacinas que debían servir para pasar el invierno.
Al ir pasando los días el calor de la lumbre hacia gotear la chacina que estaba colgada de puntas clavadas en los maderos del techo de la cocina para que se curara mejor, la gente menuda, al sentir caer las gotas sobre sus cabezas no se atrevían a mirar hacia arriba, pensaban que era el llanto del cerdito, por estar embuchado en las tripas y se prometían no comer la. Verdad es que cuando el hambre apretaba y encima de la mesa se depositaban los chorizos, acompañados de pan con blanco “miajon”, se olvidaban de los reproches contra sus padres, por lo que habían convertido al pobre cochino.
En aquellos años las noches pasaban lentas y cualquier cosa servía para distraer los sentidos como era ver en cristal de la ventana de la cocina chocaba la lluvia y en las tejas se sentir correr el agua que estaba cayendo. La luz eléctrica hace cuatro décadas no la había en todas las casas y se alumbraban con candiles y carburo, había noches que se acababa el combustible o la torcía y la estancia se iluminaba con la candela y su luz al chocar con la pared, marcaba sombras misteriosas, que sólo se movían cuando lo hacían los presentes.
Los niños temerosos y con mala gana leían la cartilla, mientras la madre les decía que la maestra por un agujerito invisible estaba mirándolos y le seguía diciendo que cuando estaban en la escuela ella por otro los observando, a lo que le contestaron qué ocurría cuando no los miraba ninguna de las dos. Ella apuntando al almanaque colgado en la pared, con una litografía del Ángel de la guarda detrás de una niña, protegiéndola para que no cayera a un precipicio, le respondía que en tal caso lo hacía él.
Palabras que lograba embelesar a los chiquillos mientras miraban el calendario y las páginas de los meses. Explicación que quedaba impresa en su subconsciente.
Había noches que el padre se ausentaba y la quietud de la noche les hacía sentir miedo y la madre los distraía con cuentos e historias para alejarles sus temores reflejados en la caras que se fueron trasformando y sus corazones empezaron a latir como si resonaran por toda la estancia, al sentir los ruidos que venían del corral, que eran suaves y lentos, como si se deslizaran por el suelo.
La lluvia había cesado y la candela menguada, la luz que desprendía era tan suave que no dejaban ver la estancia, los presentes pegados uno con otro, sintiendo el frío que produce el miedo. Por el cristal de la ventana veían el cielo raso y la luna llena que dejaba ver los penachos de las nubes, que en tropel por marcharse corrían una tras otras mientras iban cubriendo el firmamento.
El temor se acentuó, al sentir una fuerte respiración que sonaba cada vez más cerca, muy suavemente se fueron levantando y pegados sin apenas hacer movimiento, flotando más que andando hacía el comedor a oscuras, iluminado sólo por la luna, que a ratos vencía a las nubes y sus rayos entraban por los cristales de la puerta, que no tenía cerrado los postigos, la luz de la luna llena dejaba ver el patio, como si un escenario fuera, donde parecía que de un momento a otro iban a reaparecer los cerditos ensangrentados y todos los miedos acumulados de las historias, que cada noches eran contadas y el miedo los durmiera.
De pronto la madre se acordó que la puerta de la calle estaba abierta, atrancada sólo con una silla como de costumbre, de repente vieron una cosa blanca y grande, que con gran espaviento abrió la puerta del patio que rompió y que encontraba a su paso. Se refugiaron unos con otros, mientras con respiración acelerada y el corazón latiendo más fuerte aun, al sentir que la puerta de la calle se abría y entraba una cosa negra, que empezó a revolotear por el pasillo, todos chillando empezaron a pegar a lo que se acercaba en la oscuridad que iba acompañado por una luz, la madre en la oscuridad cogió una silla y la lanzó hacia aquella cosa resplandeciente que avanzaba hacía ellos por el pasillo, que al chocar con aquella cosa empezaron a salir quejidos dolorosos y una voz que maldecía por el porrazo recibido.
Mientras por la puerta del patio vieron la silueta de un monstruo que empezó a roznar, dejando ver la claridad de la luna su boca y sus grandes dientes; era el burro que se había soltado y salido de la cuadra y había estado andando por el corral y al oír el griterío se había asustado y chocado contra la puerta. El que había entrado de la calle era el padre, que al intentar cerrar el paraguas el viento lo había desplazado y para alumbrase había utilizado el mechero de gasolina, que cayó al suelo al recibir el porrazo. La fuerte respiración era de la hermana que estaba acostada en la habitación contigua y en el silencio de la noche era similar a que estuviera alguien vigilando en la habitación.
Todo había sido “Un miedo averiguado que no es otra cosa que” “Un gato en un tejado”, dijo la madre.