Mi pequeña historia de Almendralejo

sábado, junio 27, 2026

 Amar.



Aún recuerdo, lo conseguido, sin hacer nada, por un porfavor.

Sentados, sin ropa de paseo como se decía años.

El cuerpo, sin pose de padres, que saludar, como el presentador del viejo televisión.

Sin observación ni ser escuchado , esperando una información, agotado de palabras sin gracias ni dones  

Muchas vidas de una súper vivencias convertidas en película.

Sin ver cómo falta de batería, sin saber donde depositar, una puntería a oscuras.

El trabajo de atender, en una acampada fatal sin recursos, de un no, de lección mal enseñado.

Puerta cerra, visión de una vida caminata, que fue trampa, de un refugio imaginario, que trajo el recuerdo del chozo del huerto, realizado por manos campesinas, refugio de palabras.

Los árboles cobijo de un sembrado, que fue el decir de los sentidos.

De aquellos domingos, cantarines en un puesto principal de pipas.

En una lista prevista decisiones inesperadas, esas que se toman pensando que son las mejores.

Deben pasar años antes de que los ánimos decaigan 

Ideas de juegos, llenos de adivinanzas,cocinadas en un valor inesperado.

Padres que fueron opuestos en una  esquina de cruces exagerados.

Un poquito de un sabor a una seguridad, sin control, en un espacio de exposición.

Nunca fue el santo ni las notas mágicas, que llevan una moda aproximada al seguro de un solo de un te gusta.

Novedades de lo que siempre fue una visión de un desastre, que pasa en un tiempo inmóvil.

Isabel Coronado Zamora 

miércoles, junio 24, 2026

 Siesta 



Respeto a si se decia, democracia, peinador de discusiones.

La siesta aquellas de calo, acostados en cochon de lana.

Cuando llegaba el verano la lana se sacaba del colchón, se lavaba, mechón por uno, se puede iba abriendo al sol y se dejaba un día entero antes de volver a entrar en la funda.

Todo mullido, el colchón, desaparecido el olor a borrego de un año, blanquear paredes y pintar zócalos y telarañas que se apoderaban le los techos de cañizo, por donde se colaba la tierra que se ponía de plataforma debajo, de las tejas 

Muebles eran tan pocos, el catre o cama, el arca si eras más pudiente armarios, enredado y desvencijado, una silla de asiento de juncia, espárrago (perchero) y poca cosa más.

Que veranos tan sofocantes, el agua en el barrio de barro de Salvatierra.

La cantadera, en la zona oscura y fresca de la cocina con los cántaros del agua, del seño Fabián, porque estuvo esquina calle Tercio y Divino Morales.

Agua de gran calidad y muy apreciada por la vecindad.

La siesta, se paraba todo, se madrugaba y a medio día el reloj marcaba la siesta.

Comer aquellas sopas de tomate, que ricas, acompañada con uva y melón.

O picadillo o cojondongo y gazpacho, bien majado y aderezado, con pepino del huerto y melón.

Eso sí había que dormir la siesta, si o si, la casa era un silencio, ni la respiración se escuchaba,.

Por la cuenta que había, pues la zapatilla era ágil en las manos de las madres.

Los chiquillos no querían dormir, el calor sofocantes, ese que te hace buscar el suelo buscando frescura.

La siesta, donde ni los perros sin amo andaban por las calles.

Todo era quietud en el pueblo y si no dormías la zapatilla andaban listas en las nalgas y donde aterrizarán.

Era un calor sofocantes de los que se quedaban pegados el sudor, pues no había duchas ni cuartos de baño, lavarte por partes 

La siesta con el sabor en la boca del gazpacho y el llanto resultados del aterrizaje de la zapatilla en las nalgas.

Años recordados por la dificultad sea conocidas pero sin nostalgia.

Isabel Coronado Zamora 

domingo, junio 21, 2026

La playa 



La primera vez que vi el mar, tenía 25 años.

Viaje de novios, fue lo que no se olvida, son  tus, recuerdos.

Viendo batir ola con ola, en un abril lluvioso.

La Caleta relucía con la espumas de las olas, los abrazos del poniente,  con sus mareas, te hacían divisar el horizonte, 

El mar me pareció tan inmenso que senti que un maremoto viniera hacia nosotros.

Risas y sentir bajo los pies las olas, que se apoderarán de tus pies, que se undian en la arena.

Paseos hacia la Caleta, su historia, las calles de un Cádiz lleno de bullicio.

Barrio de la viña guardando aún sabores, habaneras, a Carlos Cano.
 P plaza de las flores que al entrar en ella, su olor, te hacía parar y quedarte mirando todo con avidez de desconocidos parati.

La Catedral, para nosotros una verdadera tacita de plata, entoces su entrada gratis.

No olvidar para ojos deseosos de conocer , el impacto y valoración de bellezas que nos causo.

Paseos por la plaza de San Antonio, latidos de carnaval , pasos que nos llevaron al teatro Falla, cuantas cosas tan desconocida, hoy disfrute de nostalgia.

El puerto de Cádiz, aquel, hoy tan de conocido, donde se podía pasear entre redes de marineros y barcos que nos parecieron de película, para dos jóvenes que sé sentían aventureros, en su primera  salida al mundo en pareja, sin rendi cuenta a nadie.

Comimos por primera vez en un restaurante, en una esquina del puerto y fueron almejas a la marinera, nunca habíamos degustamos tan rico platos, el coste de la comida fue 1.700 pesetas, mucho para la época, no nos importó, era tan diferente todo, nuestra primera escapada juntos.

Fuimos al  parque de la Constitución, en una época que decir constitución, era y resultaba peligroso, extraño, pues era a si.

La suerte que tienen ustedes de vivir en libertad.

La playa de la victoria tan enorme y entoces con tan poca edificación.

Entrar por puerta Tierra, tan bonita.

Fue nuestro viaje de pareja.
Que recordamos viendo lo en una cinta de super ocho y juntos 

Isabel Coronado Zamora