Mi pequeña historia de Almendralejo

domingo, agosto 16, 2026

 El temor



Pálpitos de corazonadas, olor angustia, es una aroma galopante, de color diverso,.

Música que salen de palabras sin simetría, tropezones de paradas en seco, patadas en el aíre.

Sin rumbo ni nostalgia, vaivenes de navegantes justicieros, dueños del sistema, diciendo con actitudes el sentimiento del ti y del yo.

Marañas, de visiones, esperas de palabras vacías, llenas de inquietud, que te llevan sin rumbo, logrando, el susurro y el llanto del extraño.

Golpear y dar patadas en el aíre, mientras el sonido de música , te traen al presente.

Navegante de mates de pesares, murmullo, llenos de susurros en una estancia de tu mente.

De los sentidos en manos de pelotas, de perdones en la hora de querer tener en cuenta, la vuelta, de ir haciendo ver y saber, cuando no te das cuenta.

El porque, el saber del agua sobré tu cara, resbalar por el pecho, siguiendo hacia tu vientre, deslizándose por tus muslos en un camino realizado por tus piernas, que se dejan caer cansadas en tus nostalgias.

Caminantes de pasos que te hacen navegante, en espera de la jugada de tirar y ver el juego de unas manos diestras en la ruleta de la vida.

Entonces entra en juegos, observando, viéndote.

Pelota , que rueda, como queriendo sacar del circuito que un día entraste para formar tu turno de vida.

Isabel Coronado Zamora 

 Los Melones 


Cuando se cuentan, y narran tiempos pasados , como los que se aprecian en la fotografía, no se creen y menos parecían.

La forma de subsistencia en Almendralejo, para poder vivir y agenciar dinero hasta la vendimia era sembrar melones.

En una tierra de secano, falta de lluvias, que calleran en el momento por para que la planta saliera.

Muy difícil, todo a base de esfuerzo, con un burrito de nombre Perico y un ,(chisme) ro que tiraba el animal y el dueño detrás de él guiando el surco.

Que tiempos, que pocas vacaciones, sacar el fruto rápido, para que fuera el primero, valiera más, y sacar rápido la renta de la tierra.

Poco se echaban cuentas de jornales, acarreos y las hojas en el puesto en espera de poder venderlo.

Recoger y vuelta a casa.

A si eran aquellos veranos, de espaldas quemadas y no por el sol de la playa, sino por la dureza del trabajo de la tierra y tantas climatológicas.

Hombres curtidos, donde las caras se volvían muecas, las manos esperas llenas de grietas, que se hacían suaves al acariciar.

Amaron y tuvieron la fe que da la vida, la esperanza de logros.

Un mundo que no querían para los que amaban.

Isabel Coronado Zamora