Mi pequeña historia de Almendralejo

martes, enero 06, 2026

 El LIBRO DE MI INFANCIA

                 


Nada permaneció igual al bajar del coche, la calle estaba desierta, solo me hice centro, un escalofrío, el portazo de la puerta.

 Me encamine a la calle donde había jugado tanto, me parecía tan distinto hasta el olor de la brea era diferentes. 

 Era solitaria y anochecía la calle sin nadie, llegué al portal y abrí la puerta, preferí subir los escalones,  sentir la llave del portal al abrirlo, el olor de la humedad, se hacía sentir.

 Al llegar al descansillo, la puerta aquella puerta que tanto amor al abrirla me esperaba, cuando yo decía mamá papá abuela.

 Giré la llave, al abrir los años estaban allí, en las paredes dé entonces, no estaban llenas de tanto sentimientos, todo hubiera preferido quedarme con aquel piso, tenerlo en mi poder, refugiarme en él mis pesares, alegrías, errores que se cometen, en aquella película el día después quisiera regresar.

 Encontrarme con ellos, primero encontrarme con esos seres tan querida y decirle cuanto lo siento cuanto pero bueno habían pasado los años había madurado, allí estaba.

 Subí las persianas, todo estaba en silencio, la bocanada de aire fresco al abrir las ventanas me gratificó, la humedad se sentía en paredes, en puerta, el frío se sentía, encendí la estufa, el calor  hizo sentirme, algo mejor.

La soledad me embriagaba, pensaba, meditaba, me senté en el sillón,  al lado de la ventana, mirando el mar, casi en tiniebla, la oscuridad reinaba, me eché para atrás, el sueño fue apareciendo, sentí pesado los párpados, hasta que me quedé completamente dormida.

No sabría decir las horas que había permanecido dormido, solamente el frío me hizo despertar la calefacción se había desconectado.

 La habitación estaba oscura, empezaron los fantasmas de mi subconsciente, quisiera que donde hubo tanto amor, volviera.

 Me dejé caer, aparecieron imágenes, alargue la mano hacia el interruptor y miré el reloj de la pared, que un día se lo regalaron a mi madre una vecina, del bloque. La pila se habían gastado, estaba parado, fui al mueble, tome una nueva y lo puse en hora.

Apenas había dormido unas horas, estaba despierto una vez más me incorporé, fui a refrescarme la cara sentir la necesidad de salir fuera.

La oscuridad era grande, la noche avanzaba,  me daba igual, necesitaba pisar  aquella tierra, que desprendía abandono, volvió a bajar las escaleras, abrir la puerta y me encaminé, ligero hacia el primer sendero que encontré de pronto, sentí el agua en mis pies, el ruido de las olas.

 Fui donde tanto había jugado, solamente iluminada por las luces del paseo marítimo, me senté en él y miré las estrellas, era el  rincón preferido de mi madre para las puestas de sol y familia.

 Surgió el recuerdo de aquella noche, cuándo  llegó un pirado y le dio por decir que iban a aparecer los extraterrestres a las 3 de la mañana,  mis hermanos, mi padre y los amigos, es tuvimos toda la noche pendientes de la llegada de los extraterrestres.

 Recuerdo que íbamos a casa a cada momento durante aquella noche y mi abuela salía diciéndonos que la desvelábamos, se volvía costar mientras nos decía si habían llegado los seres del espacio, me tengo que levantar, cuándo llamáis.

 Así nos tiramos  toda la noche, hasta que amaneció y a día de hoy, no  han aparecido extraterrestre pero nunca olvidamos aquella noche y la voz de la abuela por querer dormir y que no la molestaran.

 Si la voz de mi abuela, que resuena en mí y me hace sonreír, era el rincón de las puestas de sol de las reuniones del amor, que nos profesábamos, nos queríamos, cuanto me arrepiento del daño, que yo podía hacer. Pero bueno hoy estoy aquí quiero recuperar para mí los recuerdos, es lo único que me queda vivir de ella.

Era regresar al pasado, no necesitaban nada igual, ni ideas, del estado, escuchaba la Rusia de mis padre, sus chistes, el hablar de la flores, de pronto sentir unos pasos, como si estuviera extranjeras.

 La mujer de caminaba hacia la playa, hacía viento, estaba desapareciendo, sentí la humedad, la falta de prioridad.

 Mi destino no sabría que decir, quién fue el más cruel, pero allí pasó todo tan rápido, me habían pasado tantas cosas que serian  difíciles, contarles, hablarles con tanta sabiduría como ellos daban.

  Me tenía que aguantar con el sonido de los sueños, uno regocijo, me hizo haber crecido, no había conocido sus abuelos, lo que también se había perdido lo mejor de la vida.

 Los de historias que se habían olvidado, que él la había conocido, pero nada podía estar, habían pasado los años tan rápido, como en verano, o en otoño,  con ellos una primera vez creía tener todo mío, categoría, sin ellos le faltó, siempre recordaba a mi madre y caminar gritándonos.

Quería sentir no sentir, una cosa que habían madurado en los sentimientos, sabía que sus gran  verdad, era que estaba solo, que no tenía nadie, necesitaba tenerlo todo, pensaba que aquí encontraría el refugio tan necesario, me hacía recapacitar, a la vez me dolía en el alma pero era así.

 Como relatar, que no había sido mi vida, era imposible la idea que bajar, pensar como decirle a ellos lo bueno, lo malo, era como mirar el espejo, una pared blanca que ya lo elegí.

Volví a la casa y cada escalón que subía era un escalón que se clavado en mi alma, recortaba, aquéllas risas, saber quien llegaba antes a la sombrilla,  fue imposible no recordar el carro de los helados,  corría rápidamente, con mi abuelo para que me los comprara, en el próximo escalón estaba escrito, un poco de mí, que nunca querré olvidar pero nunca los voy a dejar.

ISABEL CORONADO ZAMORA


jueves, enero 01, 2026

 

UN ATARDECE SOBRE MIS PIES



Aquel atardecer,  mirando el mar, una costa tranquila, una arena fina acariciada por sol,  brillando en lo más alto,  de un estío caluroso.

 Disfrute, de paseantes, gente bailando en la orilla, la música sonando, la serenidad, tranquilidad de las olas en un constante movimiento hacia ti .

El sol reflejado se  en el mar, junto a las nubes pequeñitas, como si las hubiéramos ido pellizcando y depositado en el cielo, plumas flotantes que se alejan de la sombra, en busca del  horizonte,  recta tan perfecta y tan inalcanzable

 El espigón con sus piedras,  mojadas, paseo de una vida, en una bajamar que ha dejado una playa tan lisa tan suave, que al pisarla el sonido de una guitarra, el rajaos de una guitarra, sus notas están llenas nostalgia, de un tiempo, de asir manos menudas y abrazos.

 La música con canciones que se despegan deseosas de llegar al horizonte, admirar, la belleza de la naturaleza,  deseo de cuidarla cada día más.

 Ver unos niños jugando, en esta playa en las cuales ante jugaron nuestros hijos, palabras que quedaron impresas , enamoradas del brillo  del agua, deslizarse haciéndose adueñándose, de la playa, como una sociedad nacional.

 Los paseantes sintiéndose libre, dibujando en la arena, que quieren encontrarlo, que un día dejaron en esta playa.

 Quisiéramos encontrar recuerdos en la plaza del día que un niño, jugando haciendo bolas de arena, colocándolas como un sistema solar.

Imágenes de ese niño, jugando, en la playa, sobre esta arena que  pisas.

 Cuántas personas compartimos, en un momento dado, cuyas huellas desaparecieron, solo queda un puñado de recuerdos, que son  proyecciones, si pudiéramos, entrar dentro de ella, o abrazar  alguna de las que solo tu encuentra.

 Ese momento, de dicha,  guitarra,  tardeando,  brillante, tan soleada, qué bonita es Dios mío esta tarde,

 La música, la gente joven, esperando de la vida qué será, Dios mío cuando las he ido recolectando como un racimo de uvas en el esportón de  esparto.

 Cada vida tiene una vivencia, nacidas, de la quietud que tiene una playa, con su  hamaca destartalada, en cualquier rincón de ella.

 Una rampa, una madera, el señor de una campana, un balón de fútbol de pena, Dios, cuentos en una playa.

ISABEL CORONADO